La técnica del tablero para organizar tu novela

A veces se nos olvida que la parte fundamental de escribir una novela o relato es, por obvio que parezca, escribir. Nos perdemos en buscar documentación, crear tableros de Pinterest, leer teoría, y posponemos lo más básico: la propia escritura.

Pero hay que tener en cuenta que, antes de ello, es muy muy muy conveniente hacer un ejercicio de planificación y organización de la historia: tener clara la estructura y saber qué queremos contar en cada parte, para evitar llegar a un punto muerto y no saber cómo continuar.

En esta línea, hace un par de meses leí el libro ¡Salva al gato!, de Blake Snyder (del que hablé un poquito en esta entrada), y, si bien está centrado en la elaboración de guiones de películas, da unos cuantos consejos aplicables a la creación literaria.

De él saqué la idea de la técnica del tablero, sencilla pero útil: coge un taco de fichas (tarjetas, pósits…), que corresponderán a las escenas de tu historia, y colócalas en un tablero para fijar los tiempos narrativos. En cada una de estas fichas anota una breve descripción de lo que ocurre, la acción que se desarrolla y los personajes que forman parte de ella.

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Lecturas de octubre: hijos, montañas y la India

Desde 2016, el lunes más cercano al 15 de octubre (festividad de Teresa de Jesús) se conmemora el Día de las Escritoras para «recuperar el legado de las mujeres escritoras, hacer visible el trabajo de las mujeres en la literatura y combatir la discriminación que han sufrido a lo largo de la historia».

Además, bajo la etiqueta #leoautorasoct, se pueden seguir en redes sociales las impresiones y comentarios de las personas que se unen a esta iniciativa.

Así, durante el mes he leído los siguientes libros escritos por autoras:

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La olvidada coma vocativa

La coma del vocativo parece la coma más olvidada. O la menos entendida (y, de ahí, el olvido). Sea una cosa u otra, es muy común encontrar ejemplos en publicidad (cartelería, banners, etc.), medios de comunicación, sitios web en general, escritos de la gente, e incluso libros. Si, después de leer esta entrada, comienzas a fijarte, tú también te darás cuenta de la ausencia de ellas en un montón de ocasiones.

Pero empecemos por el principio: ¿qué es eso del vocativo? Según señala la Ortografía de la lengua española, es «la palabra o grupo de palabras que se refieren al interlocutor y se emplean para llamarlo o dirigirse a él de forma explícita».

Así, esa palabra (o palabras) va siempre entre comas, aunque la estructura de la frase sea muy breve (o aunque nos parezca que al hablar no hacemos esa pausa).

Es decir:

  • Hola, María.
  • ¡Felicidades, campeones!
  • Bajad un poquito la voz, chicos, que no me entero de nada.
  • Hasta luego, mi amor.
  • Sí, señora.
  • Qué dices, tío.
  • No, hombre, no.

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5 libros que ayudan a desestigmatizar la salud mental

No he visto la película Joker y, dada la tremenda cantidad de comentarios en redes sociales el año pasado, debo de ser de las pocas personas que quedan. Pero, aun así, conozco una de sus frases más memorables, una que me gusta mucho: «Lo más difícil de tener una enfermedad mental es que todo el mundo espera que te comportes como si no la tuvieras». Y no solo me gusta por su significado, sino precisamente por tratar la salud mental en un producto que va a ver tanta gente, de todas las edades.

Y es que, por suerte, cada vez más se habla de ello en medios de comunicación, redes sociales, series, películas, libros. Somos millones de personas los que sufrimos algún trastorno, de ahí la tremenda importancia de fechas como el 10 de octubre, Día Mundial de la Salud Mental; de hablar de ello; de acudir a terapia; de tratarlo con naturalidad (¡porque es lo más natural del mundo!); de recordarnos que lo que nos pasa les pasa a más personas, que no estamos solos, que otros como tú y como yo estamos aquí.

Y, así, empecé a pensar en libros de ficción donde alguno de sus personajes tenga algún problema de salud mental, y elaboré una lista. Esta lista:

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Lecturas de septiembre: guiones de cine, amor y ciencia ficción

Debido a mi situación personal (hola, oposiciones), durante el mes de septiembre la cabeza no me ha dado para mucho: he conseguido leer dos libros, y gracias: ¡Salva al gato!, de Blake Snyder, sobre cómo escribir un guion cinematográfico, y Cada seis meses, de Clara Duarte, una historia de amor y ciencia ficción.

¡Salva al gato!, de Blake Snyder ⭐️⭐️⭐️ y 1/2

Vale, sí, el libro-guía se centra en la elaboración de un guion cinematográfico, pero muchos de los consejos se pueden aplicar a la creación literaria o, al menos, derivar en ideas que puedes aplicar. Yo me he apuntado un montón de recomendaciones.

El autor, además, explica las cosas de una manera muy clara, útil y sencilla, y el manual en sí es bastante ágil y ameno.

(Como curiosidad te diré que he sacado muchííísimas más ideas de este libro «de guiones» que del de Stephen King que leí el mes pasado…).

Cada seis meses, de Clara Duarte ⭐️⭐️

Se me ha hecho largo. Salvo al principio, durante la mayor parte de la historia he tenido la sensación de que no ocurría nada nuevo, de que Duarte daba vueltas y vuelvas sobre lo mismo: Hana (la prota) contando datos random sobre Ro (su novia).

A ratos, la manera de escribir de la autora me ha sacado de la lectura: a menudo recurre a la repetición de palabras y frases y usa algunas metáforas e imágenes que resultan confusas o no tienen nada que ver con lo que se contaba o no aportan nada a la narración.

Pero, aun así, la voz narrativa en general, su cercanía y la cotidianidad de las cosas que se cuentan me han gustado.

«Ro estaba siempre en su habitación sentada sobre la cama, con el piano electrónico y viejo sobre las piernas. Tocaba con los cascos puestos, pero las teclas de ese cacharro se oían desde el pasillo. Yo quería, de pronto, que la vida entera fuese eso: un pasillo que recorrer acercándome al ruido de las teclas».

Además, Duarte ha conseguido que cada personaje sea independiente, es decir, cada uno tiene su propia personalidad y su propia voz, y son diferentes y originales.

Una frase: «Pensé entonces que todas esas plantas tenían que sentirse más vivas teniendo un nombre, porque yo me sentía más viva cuando Ro decía el mío».